Un pequeño perro de miel cambió nuestra vida

Desde que era un adolescente, me he sentido fascinado por una raza de perros llamada Cirneco dell’Etna, de la que había visto alguna foto. Como le ocurre a mucha gente, me encantaba la estética de la raza, pero desconocía por completo su forma de ser. Un error que cometen muchas personas a la hora de adoptar un perro.

Años atrás, vivíamos en un pequeño apartamento en París, y resultaba mucho más fácil tener gatos que perros. Cuando Kulfi – nuestro último gato – falleció, nos quedamos destrozados y no tuvimos más mascotas durante dos años. Entonces, en julio de 2012, decidimos ir de vacaciones a Sicilia con nuestros amigos Sabine, Manu y Zoé, y el hecho de planear un viaje a esa isla despertó de nuevo en mí el interés por los Cirnechi (el plural de Cirneco). Tras las primeras dudas, y sin realmente ser conscientes de dónde nos estábamos metiendo, decidimos adoptar un Cirneco cachorro.

No queríamos un perro de exposición, así que a través de un amigo, contactamos con una familia local cuya perra, una Cirneco, acababa de dar a luz. Nuestro perro iba a ser un verdadero perro de campo, hijo de madre y padre cazadores…

Cometimos muchos errores al adoptar a Aitch, y el primero de ellos fue escoger un cachorro a través de una simple foto, sin saber nada sobre su carácter y su temperamento. Ahora que soy educador canino, me doy cuenta del error de nuestra decisión, pero no tuvimos otra opción.

Los Cirnechi son perros de caza, perros « primitivos » cuyo origen se sitúa en el antiguo Egipto, desde donde los fenicios los exportaron al sur de Europa (Sicilia, Cerdeña, Malta, España).

Así que, en julio nos fuimos a Sicilia y el 25 de ese mes, al principio de nuestras vacaciones, condujimos en dirección a Palermo a conocer al dueño de la camada de Cirnechi. 

Estas fotos las hicimos durante las primeras horas que tuvimos a Aitch con nosotros. Seguimos enamorados 😉

Hicimos todo el papeleo y las gestiones necesarias – chip, pasaporte, etc. – . Aitch ya era nuestro.

Y de repente nos dimos cuenta de que teníamos un cachorro y ningún conocimiento sobre cómo manejarlo, ninguna información sobre la raza ni sobre la historia de Aitch…

Pasamos dos semanas de vacaciones, cometiendo una docena de errores cada día que dejaron huella en el comportamiento de Aitch. A pesar de todo, estábamos felices y totalmente atontados con nuestro nuevo cachorro.

Tener a Aitch en nuestras vidas iba a cambiar las cosas de una forma tan radical que en aquel momento no éramos capaces ni de imaginar…

Tuvimos que acostumbrarnos  a lo que es un perro, a sus necesidades. Descubrimos una raza que solo habíamos visto en fotos y dibujos, e intentamos educar a Aitch lo mejor que pudimos.

Buscamos ayuda profesional, pero solo nos topamos con charlatanes con técnicas nada adecuadas para nuestro perro. Y todo ello tuvo un efecto desastroso en la forma en la que él se comportaba y nos respondía.

Poco tiempo después, nos daríamos cuenta de que vivir en París no era compatible con nuestra vida con Aitch.

Nos tomamos muy en serio nuestro rol como « padres » de un perro y pasamos mucho tiempo atentos a las necesidades de Aitch. Y debido a sus problemas de comportamiento, empecé a leer mucho sobre educación canina, y comprendí que su entorno y los métodos que nos habían recomendado usar con él no eran adecuados para su carácter.

Poco a poco, empezamos a invertir más tiempo en dar con él largos paseos por bosques cercanos a París. Dejamos de salir de noche, empezamos a madrugar más… Muchos de nuestros amigos pensaron que nos habíamos vuelto locos. Otros, como Veronique, abrazaron el cambio y nos acompañaron en nuestros nuevos hábitos 🙂

Finalmente, conocimos personas que nos ayudaron a trabajar en los problemas de comportamiento de Aitch, pero las formas de hacerlo nos confirmaban una y otra vez que nuestro entorno – cerca del Canal Saint-Martin en París – no era un buen sitio para él.

A su vez, poco a poco, me di cuenta de que tal vez París tampoco era un buen lugar para nosotros. Empecé a pensar seriamente en hacerme vegano; el ritmo de vida de la ciudad me parecía cada vez más agotador y comencé a sentir una creciente necesidad de reducir y simplificar las cosas. 

Jason necesitó algo más de tiempo para llegar a estas mismas conclusiones. Después de todo, dejar una ciudad como París tras 25 años y trasladarse a vivir al campo supone un gran paso.

A pesar de ello, las circunstancias aceleraron un poco el proceso, y dejar mi trabajo en los hoteles supuso un punto de inflexión.

Dejamos París para vivir durante un año en Normandía. Fue una etapa increíble, durante la cual aprendí mucho gracias a Nicolas Cornier and Bérangère Roignant.

Disfrutamos mucho nuestro tiempo en Sées, y Aitch cambió completamente en ese año, gracias a su nueva vida en el campo.

Tras nuestra vuelta de Normandía, nos sentimos listos para un cambio aún mayor, y ahora vivimos en Can Pit-Roig con tres perros, rodeados de naturaleza y súper felices!

Y todo gracias a nuestro perro color miel

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